Primeras palabras de José Saramago

José SaramagoTodos sabemos como comienza la historia: en aquél lugar de La Mancha cuyo nombre nunca llegaremos a conocer vivía un hidalgo pobre llamado Alonso Quijano que, un día, por el mucho leer y el poco dormir, pasó del juicio a la locura tan simplemente como quien abre una puerta y la vuelve a cerrar. Desde el punto de vista de los personajes del libro, Quijote está loco porque Quijano enloqueció. En ningún momento se insinúa la sospecha de que sea Quijote, solamente, o por el contrario, de modo supremo, el otro de Quijano. No obstante, Cervantes tiene una visión muy precisa de las consecuencias de la mudanza de Quijano, de tal manera que reforma y reorganiza de arriba abajo el mundo en que esa entidad nueva que es Quijote va a entrar, cambiando los nombres y las cualidades de todos los seres y cosas: la posada se convierte en castillo, los molinos son gigantes, los rebaños ejércitos, Aldonza es Dulcinea, un mísero caballo se ve ascendido a épico Rocinante, una bacía de barbero es elevada a la dignidad de yelmo.

¿Qué nos dice Cervantes de la vida de Alonso Quijano antes de que la supuesta locura hubiese transformado al poco favorecido hombre, que lo era tanto de figura como de fortuna, en ese ardoroso caballero a quien las derrotas nunca le arredrarán el ánimo y que, por el contrario, parece encontrar en ellas el aliento para el combate siguiente, siempre perdido y siempre recomenzado? De esa enigmática vida, Cervantes nada nos quiso decir. Y, con todo, Alonso Quijano rozaba ya los cincuenta años cuando Cervantes lo hizo aparecer en la primera página del libro. Incluso en una aldea perdida de La Mancha, tan perdida que ni su nombre se ha encontrado, un hombre de cincuenta años habría tenido una vida, accidentes, alegrías, sentimientos varios. Sus padres ¿quiénes fueron? ¿De qué hermano o hermana viene su sobrina? ¿No tuvo Alonso Quijano hijos, un varón, por ejemplo, que, por no haber nacido a la sombra del matrimonio fue dejado Dios sabe dónde? ,y la madre de ese hijo ¿quién sería? ¿una moza de aldea, barregana durante un tiempo, o sólo tomada de ocasión en tarde de calor, en medio de un trigal? De la vida de Don Quijote de La Mancha lo conocemos todo, pero nada conocemos de la vida de Alonso Quijano. Y sin embargo ambos son el mismo hombre, primero dotado de razón, después abandonado por ella, si no, como parece la hipótesis más seductora, abandonada ella por él, para que Alonso Quijano pudiese, bajo la capa de una locura que justificara tanto lo sublime como lo ridículo, ser finalmente otro para, como otro, poder vivir en otros lugares.

Es verdad que Cervantes, con aparente frialdad, parece que quiso exponer, primero a Quijano y luego a Quijote, a la burla familiar y pública, pero ese hombre uno y duplo, Jano bifronte, cabeza de dos caras, de quién el lector se reirá mil veces, también será capaz mil veces de despertar en nuestro espíritu los sentimientos de compasión y solidaridad más sutiles, y, como si eso fuese poco, hará que nazca en nosotros un deseo profundo de identificación con alguien como ese Quijote desprovisto de todo, menos de ansiedad y sueño. Aunque no lo confiese, cada lector, en el secreto de su corazón, desearía ser Don Quijote. Quizá porque él no tiene conciencia de su ridículo mientras que nosotros a ella vivimos sujetos todas las horas lúcidas, pero sobre todo, creo, porque en la aventura risible del caballero de la Triste Figura está presente el sentido más dramáticamente interiorizado de la existencia humana: la duda de sí mismo. Sabemos de antemano que ninguna de las aventuras de Quijote será mortal o realmente peligrosa, que cada una de ellas será motivo de nuevas carcajadas, pero, en contradicción con esta tranquilizadora certeza, sentimos que, a fin de cuentas, Quijote se encuentra, a cada paso, en permanente riesgo, como si, en vez de haber sido puesto allí para ridiculizar las novelas de caballería, fuera la premonitoria representación del hombre moderno, sin toga ni coturnos, armado de una razón imperfecta, incapaz de llegar al otro al no conocer sí mismo, dividido trágicamente entre ser y querer ser, entre ser y haber sido.

Sin embargo, esa razón que llamamos imperfecta, como si fuera un hilo que continuamente se parte y cuyas puntas deshilachadas continuamente intentamos atar, es la única guía posible, ya sea para Quijote, ya sea para el lector. Razón de reglas inestables, por cierto, pero razón que trabaja en plenitud, o razón de locura, si quieren, si aceptamos el juego de Cervantes, aunque siempre, tanto en un caso como en el otro, razón ordenadora, razón capaz de sobreponer leyes nuevas al universo de leyes viejas sólo por una metódica introducción de contrarios. Víctima de una locura nada más que humana o agente de una voluntad sobrehumana de cambio, Quijote procura recrear el mundo, hacerlo nacer de nuevo, y morirá cuando comprenda que no fue suficiente que él hubiera cambiado para que el mundo cambiase. Es la última derrota de Quijano, la más amarga de todas, la que no tendrá remisión. La voluntad se ha agotado, no queda tiempo para enloquecer otra vez.

Firma José Saramago
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